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Encuentro

Un chico de unos 30 años, alto, con flequillo y gafas, polo blanco y pantalón beige, carpeta azul en mano, hace su entrada en el sol de la plaza del Teatro Romea a toda velocidad. Va a paso rápido, sintiendo el abrasante y seco calor del centro de Murcia en plena explanada urbana. Cruza sin mirar, con la dirección aprendida. Apenas levanta su mirada al frente, pensando en sus cosas y en la comida que le espera en casa, supongo. Medio sonríe, mirando siempre al suelo. No sabe que me estoy fijando en él, sentado en el café Teatro, apurando un vermú con dos aceitunas mientras espero a Pilar e imagino en qué irán pensando todos los que pasan por allí...

 

El chico se acerca rápido. Delante de él, una chica parece estar observándole, al mismo tiempo que yo, lo que, curiosamente, llama mi atención. Está casi parada mirando fíjamente el rumbo del chico, que no se ha percatado y sigue a su bola, mirando al suelo. Ella le mira directamente, con los ojos muy abiertos y una sonrisa lentísima que se va abriendo en su cara. Ella es de su edad, más o menos. Más bajita, lleva una falda vaquera, una camiseta de tirantes negra y una coleta recogida con una goma amarilla fluorescente. Morena, de piel blanca, y ojos claros, con pendiente en la nariz. Lleva una bolsa bandolera gris, pintarrajeada con bolígrafo y typex, y unas chanclas negras.

 

El encuentro es inminente. Ella se planta delante, y él sigue sin ver nada. En un instante casi choca con ella al verle los pies, justo al borde del primer escalón del Teatro, a dos metros de mi mesa.

 

-¡¡¿Carlos?!!

 

Él, atónito, la mira extrañado. Se para con una pizca de susto, que enseguida sustituye por la más inequívoca expresión de desconcierto… Ella ha llenado su cara con la sonrisa que le brotaba. Sus ojos brillan. Le coge por los hombros con ambos brazos, por sorpresa, pero enseguida le suelta. Y él muestra aún más desconcierto. Frunce el ceño… pero sonríe levemente.

 

-          Sí… ¿Si?

-          ¿No te acordás de mi?

-          Eeeeh…mmmmh

-          ¿Eres Carlos Ruiz? ¿De La Alberca?

 

Carlos sigue desconcertado. Mira con interés a la chica que le acaba de abordar en plena calle, a pleno sol, en plena plaza, en plena hora de comer, con los últimos pensamientos que iba mascando aún en la punta de su lengua… y con todo lo que lleva en la cabeza parece que apenas puede ponerse en esa situación tan inesperada. Ella le sigue mirando con un brillo descomunal en sus ojos, esperando un gesto afirmativo, un signo de reconocimiento... el acento, ¿argentino?, ¿uruguayo?… aún le pierde más.

 

-          Si, soy yo… pero…

-          No te acordarás de mi – le interrumpe ella,… - ¡pero yo se perfectamente quién sos vos!.

 

Ella se da un cachete, fuerte, en la frente, con la mano izquierda y resopla… (¡No me lo puedo creer!) parece pensar…

 

-          Esto es increíble… de verdad…, -Suspira ella.

-          ¿Quién eres? No se, no caigo… perdona… Carlos mira hacia derecha e izquierda, nervioso.

-          Soy Ruth. No creo que me conozcas... ¿Cómo me ibas a conocer?

-           

Ruth hace una pausa. Le mira y vuelve a sonreír mirándole descaradamente a los ojos. Él sólo puede sonreir encojido de hombros, pero sigue desconcertado.

 

-           Ibas a la misma guardería que yo. Hace muchos años.

-          Pues…

-          Si… ¿Ibas a Lais? ¿A qué si?

-          Si, fui a Lais… pero…

-          Esto es increíble… de verdad…

 

Están en el centro de la Plaza del Teatro, como si fuera un plano medio de la escena inicial de una película. El encuentro, conmigo como espectador único y circunstancial, se da entre decenas de transeúntes que pasan a un lado y a otro, sin inmutarse de la excitación de la chica con acento. Ruth y Carlos eran protagonistas de una de esas historias increíbles que pasan sin más, a diario, en miles de plazas, calles, esquinas... El sol achicharra. El camarero se cruza entre yo, Carlos y Ruth. Se siguen mirando durante largos segundos. Quietos el uno frente al otro. Él, ensimismado en el desconcierto y perdido en la mirada de ella. Ella con fuego en los ojos y una alegría contenida que le sale de dentro…

 

-           Verás…Recién volví a Murcia hace unos días. Me fui de chiquita a vivir a Montevideo, y ahora recién regresé. Y verás… Eres de lo poco que recuerdo de cuando viví acá… y de repente, te encuentro, ¡¡en medio de una plaza!! Es increíble…

 

Carlos no sabe cómo reaccionar. Aún no entiende qué está pasando. Se sube el flequillo. No le sale una palabra. Se encoge de hombros, pero sigue mirándola con curiosidad, y rompe a reir.

 

-          ¿Ibas a mi clase en Lais?

-          No. Verás… (pausa) … ¡Esto es increíble! Sos mayor que yo. Verás… A final de curso, al terminar la guardería, mis papás me grababan en video. Salíamos de clase con un peluche de regalo. En la película, mi hermana mayor, me quitaba el peluche cuando jugaba con él… -Ella le mira, haciendo una pausa. Con cierta vergüenza…- Perdona, dice. Igual tenés prisa, esto te parecerá ¡súper extraño! –exclama con marcado acento uruguayo... - lo siento… Igual te molesto…

-          No, no, no… al contrario… -Carlos pone cara como de tener una buena excusa… sabe que no quiere dejar este momento así, porque se arrepentiría, tiene curiosidad, pero también recela, a la vez…- Es que es un poco extraño, si…

-          Siempre he pensado en ti, por esa película. Te conozco por eso, trato de explicarte, verás… Yo me ponía a llorar en la película de mis padres, porque mi hermana me tira el osito por el muro del paseo. Entonces llegan tus papás, que te estaban recogiendo también, tras la fiesta de la guardería. Me intentan consolar, y tú vas de la mano de tu mamá…

 

Ruth se para. Hace pausas largas, mirándole a los ojos. Carlos escucha con atención ahora. Han dado unos pasos hacia los escalones. Están más cerca de mi mesa. Ella me ha mirado y ha visto que estoy muy cerca, pero sigue adelante.

 

-          Le tirás del brazo, y le decís algo al oído. Ella se sonríe, y te da una palmadita en el culete! …

 

Vuelve a pararse. –Ahhhh, suspira… - ¡Qué lindo!, exclama otra vez. Carlos sonríe, y se empieza a poner rojo. Se mete la mano al bolsillo y mira para atrás. Ruth se emociona, y se pone las manos en la cara. Se tapa la boca, y vuelve a suspirar. Sus ojos se llenan de con dos lagrimones que no caen, pero abrillantan aún más su aureola…

 

-          Esto es… ¡Es increíble! ¡Qué carajo! – Sigue por donde lo dejó. Él la mira fijamente… - Entonces… te acercás a mi. Te ponés delante, y mirás a tu mamá. Ella asiente sonriendo, y entonces… me das tu osito, y yo dejo de llorar. Volvés a mirar a tu mamá … y… - Ruth sonríe grande. Dos lágrimas caen por sus mejillas, y se vuelve a tapar la boca con las manos… - En el osito, en un papel pegatina, ponía: Carlos Ruiz, 4 años... Ruth logra decirlo, entre un llanto emocionado... ¡Lo siento!… ¡Lo siento de veras! Esto es… Es increíble… ¿Qué no? ¿Que no?

 

Carlos no dice nada. La mira. No sabe si abrazarla… o salir corriendo. Me mira… le miro. Levanto las cejas… él hace lo mismo, como si supiera que he sido cómplice de ese momento.

 

-          Lo se por el video… te reconocí… ¡Es increíble!... – Ruth va dejando de llorar

-          Venga, no llores, mujer… - le dice al fin Carlos

 

En el Arco de Santo Domingo un gesto llama mi atención. Es Pilar, que me llama.

Ven! Dice con el brazo agitado… Le señalo el vermú. Se acerca. Me levanto. He dejado la conversación, pero siguen hablando… Me alejo hacia Pilar, y vamos para la caja del Café Teatro. Siguen hablando…

 

-          ¿Qué miras?

-          Nada, nada… vámonos.

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