El Gol Perfecto
A sus ocho años, Nando tocaba el cielo con sus puños en alto. El chinarro se clavaba en sus rodillas, cerraba sus párpados con fuerza, y gritaba en su interior con la alegría máxima de ser el centro del universo. Durante segundos todo parecía en suspenso, sus compañeros corrían hacia él, y sólo los chopos que rodean el patio del Colegio eran testigos de ese momento, que iba a ser crucial para millones de personas en el futuro.
Un minuto antes, un chico pelirrojo con las cordoneras de los zapatos desatadas, los faldones por fuera y las rodillas sucias recibía un balón franco en el mediocampo de la cancha de ‘Los Chopos’, en el Colegio Público Narciso Yepes de Murcia, entre piedras y dos vallas metálicas que hacían de bandas. Nando controló el balón con su zurda y enseguida fijó su mente en la portería de tres palos de madera que defendía Matías El Negro, portero dos cursos mayor, conocido matón de recreo que solía amedrentar a su hermana mayor en clase. Perdían 3-0, como casi siempre que jugaban contra los mayores en las horas de comedor, pero cuando vio la jugada de su vida en su mente, la suerte ya estaba echada.
Nando pisó el cuero, un tango Adidas amarillo plastificado, viejo y rasgado, al que apenas le quedaban dos pentágonos del original balón que fue, y miró el tronco fuerte del árbol de los corazones. El chopo más cercano a la portería de El Negro. En ese árbol generaciones de alumnos habían escrito sus declaraciones de amor, por eso le llamaban el árbol de los corazones. Nando vio en el viejo chopo su mejor opción de pase, ya que ese día no estaba Gilbert, el chaval brasileño de su clase que le disputaba el trono de El Mejor de la Clase, y nadie más le ofrecía garantías. Ya tenía ganada su fama de chupón, así que eso no le preocupaba. Miró una centésima de segundo el tronco del viejo chopo de los corazones, a la altura del corazón más grande grabado con punzón, en el que se leía: Pilar, Te Quiero.
Como si el corazón fuera la cabeza de su asistente, Nando, después de adelantarse el cuero en el medio campo un metro, cerró un pase seco, fuerte, sin que el balón apenas girara sobre sí mismo, dirigido al corazón del chopo. Con el brazo derecho atrás, el pecho y la cabeza bien firmes hacia delante, y el empeine fuerte, el chut de Nando ya avisaba de que algo grande se estaba gestando. Nando ya tenía la jugada en la cabeza, y nada más terminar el gesto de golpeo, como si fuera un magistral swing con su zurda, una vez que intuyó que el balón iba hacia dónde él había dispuesto, el instinto que ese día nació en su interior le dio fuerzas para arrancar a la carrera. Los mayores se quedaron paralizados mirando el destino incierto del estiloso chut del chaval pelirrojo, y apenas se percataron de su desmarque.
Nando se zafó de los dos rivales que tenía delante, en una arrancada en zigzag vista y no vista. Desde que dio el primer paso el silencio interior fue su escudero, mientras la jugada iba forjándose, y los gritos y avisos de El Negro no llegaban a sus oídos. El resto de chavales sólo podía seguir atónito el recorrido que llevaba el tango Adidas. Cuando Nando se acercaba a lo que sería el área rival, el balón llegaba al corazón dibujado en el chopo. El golpe seco del balón hizo que vibrara el árbol. El golpeo, como un preciso cabezazo en la esquina izquierda del área, sonó también seco, y aunque el balón perdió fuerza, en ese momento se comprendió por qué Nando le pegó tan seco y fuerte cuando arrancó la jugada.
Cuando el esférico volaba hacia el borde del área Nando ya había iniciado su frenada. Delante de él ya sólo estaba El Negro, gritando improperios con todas sus fuerzas, pero consciente ya de que iba a tener que emplearse para usar los guantes azules de lana que vestía emulando a un guardameta profesional. Nando dejó atrás a todos los rivales. La sorpresa de la pared con el chopo fue absoluta. Era impensable que el chaval buscara esa jugada inverosímil, conchabándose con un árbol a 15 metros, para hacer la pared, pero así fue. Nando les sacó los dos metros necesarios, incluso evitando un hipotético fuera de juego. Cuando el balón salía del corazón del chopo, la jugada ya era franca, y la oportunidad de remate, flagrante.
El esférico venía medio metro por encima de la cabeza de Nando, que frenaba su carrera mientras no le quitaba ojo al balón, que perdía fuerza demasiado deprisa. Quizá el viento iba a jugarle una mala pasada, y la posibilidad de remate a bocajarro se desvanecía. La asistencia se iba a quedar corta para rematar a la primera. Nando reculó, y ahí le sirvieron esos dos metros, y la fuerza de su carrera inicial, para llegar limpio al balón. Ese ímpetu de Fe fue su mejor aliado, y enseguida, en una centésima reconstruyó en su mente la jugada para darle salida a la asistencia. Además, la nueva jugada que dibujó era para enmarcarla en los altares del fútbol.
Nando se dio un cuarto de vuelta sobre sí mismo, sin terminar de pararse, el sol le peinó la frente, y el balón cortó los rayos de medio día sobre su cabeza. Inclinándose hacia atrás, Nando levantó el cuello y ofreció su clavícula a un metro del balón, que venía ya casí deshinchado cayendo a la línea imaginaria del área de El Negro. Los defensas habían iniciado su carrera para evitar lo que ya era inevitable, el control del balón que Nando había dispuesto en su reorganizada jugada.
Cuando la bola llegó a su pecho, Nando estaba en un ángulo de 45 grados de espaldas a la portería de El Negro, que había fijado ya su mirada en el cuero, esperando por dónde le vendría. Nando, de puntillas, liberó un golpe seco de cintura que subió en una milésima por su pequeño cuerpo hasta la clavícula, justo en el momento en el que el balón caía sobre él, y controló la pelota. Era preciso mantener el balón en el aire un segundo más, y la precisión de su control dio toda la confianza que hacía falta para terminar la jugada al chaval de los faldones por fuera. Nando miró rápidamente el cuero, y calculó la altura máxima a la que llegaría después de su control de clavícula.
Por muy rápido primer paso que tuvieran, los dos mayores que debían cubrirle no iban a llegar. El sexto sentido innato que nacía en ese momento en el delantero centro así se lo hizo saber a Nando en ese momento, y el chaval dio un paso atrás. Apoyó todo su peso sobre su pie derecho, y subió el brazo izquierdo lo que le permitió su coxis hacia arriba, ya 180 grados de espaldas a El Negro. Nando ya sabía que le esperaba la gloria. Se lo decía su instinto, y su silencio interior se hizo aún más vacío. El balón llegaba a su punto más alto, suspendido, a 1,60 metros del suelo, justo dónde él había dispuesto tras su control con el pecho, cuando la chilena ya estaba lanzada con el escorzo máximo que pueda realizar un chaval de ocho años. El pie izquierdo cogió el recorrido máximo, y el brazo impulsó el golpeo, cuando el pie derecho amagó al aire, en la bicicleta que marca una chilena perfecta. El Negro ya se ladeaba a su izquierda, resignado a volar hacia dónde la lógica del salto iba a llevar el tango.
Nando conectó con el empeine de su zurda una chilena pura, ladeada, semi vertical, justo cuando el balón se quedó en suspenso. El chut fue el único sonido que escuchó Nando, que un instante después de chutar ya sintió el gol en su corazón. El golpeo fue tan seco que el balón no se movió un ápice de cómo estaba cuando quedó en suspenso, dibujando una leve y justa parábola en dirección a la escuadra izquierda de la portería de madera de El Negro, la curva justa para pasar por encima de la mano derecha del portero, que voló con todas sus fuerzas hacia la escuadra estirándose más que nunca en su vida, y que sólo pudo sentir la estela de un momento futbolístico inigualable pasarle por encima de sus pequeños dedos.
Cuando Nando cayó al suelo, apoyado sobre su mano, levantó la cabeza y aún pudo ver cómo el tango Adidas superaba la estirada de El Negro, y se incrustaba entre el larguero y el poste izquierdo de la vieja portería de madera, cayendo muerto dentro del marco, tras la línea imaginaria de gol de la meta de los mayores. El silencio en ese momento era absoluto, El Negro caía con los ojos cerrados al suelo, el resto de jugadores se echaba las manos a la cabeza, mientras que El Canica, el portero de Nando, ya gritaba –Tooooma, toooooma, por to la escuadraaaaa! Y con él, todos los demás… Una celebración que Nando no escuchó.
Con los zapatos medio rotos y las calcetas bajadas, Nando había salido corriendo hacia la valla, con el corazón apretando su pecho como jamás en la vida. En aquel momento ya sabía que esa jugada iba a cambiar su vida. Se arrastró con las rodillas por el chinarro del campo de Los Chopos hasta el corner, con los brazos en alto, cerrando los ojos tan fuerte, y con un grito sordo de alegría tan profundo, que al volver en si y abrir los ojos, mirando al suelo, no sangraban sus rodillas, y un fuerte olor a pólvora y césped, acompañado de un estruendo monumental, le despertó del sueño. Wembley estaba patas arriba. España por fin tenía un mundial, con un gol de oro que la gente recuerda como El Gol Perfecto. Una chilena que parecía estudiada, un gol que bordó el fútbol, y que cambió la vida de un país entero. Un gol que Nando ya había marcado muchos años antes, en el patio de un colegio, con un viejo chopo como compañero, y que revivió como un sueño cuando aquel gol se hizo leyenda, no sólo para él y sus compañeros de clase, sino para todo el fútbol.
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