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Jesús de Kidal

Después de llegar a las costas de Portmán, Amadou y otros cinco inmigrantes clandestinos corrieron casi una hora hasta el punto de encuentro. Anochecía. Los focos de la Guardia Civil iban quedando lejos, mientras eran apresados 17 de sus compañeros de patera. Al llegar a la furgoneta, sin sentir los pies, Amadou empezó a llorar de alegría y de pena a la vez, como jamás había llorado. Se felicitó por hacer caso a su primo, y cruzar en abril, con los primeros días de buena mar, cuando llega la primavera. En su mano derecha, la foto de su esposa, en su mano izquierda, un papel, con la palabra Murcia, una bolsa con los zapatos y en el bote, diez euros para el billete. La furgoneta les dejó en la Estación de Autobuses de Cartagena. Otros compañeros tenían a alguien esperando y le ofrecieron comida y un lecho, pero él prefirió viajar esa misma noche, y terminar del todo lo empezado. Dormiría en Murcia, su destino. A primera hora de la mañana del día siguiente, llamaría a su primo, que lo recogería… con un trabajo, un techo, comida y un futuro para él, y para su familia.

Viajó cómodo, aunque no sentía, de puro frío, los pies, ni las manos, y seguía temblando. El autobús iba casi vacío. Hizo todo lo que le dijo su primo: lo mejor, llevar los zapatos en una bolsa, así había conseguido no perderlos. Enseguida llegó a Murcia. Hacía calor, vio a muchos compatriotas, pero receló. No quería caer en manos de las mafias, y se alejó hasta que vio un cajero, muy cerca de la Plaza de San Agustín.

Acurrucado en un cajero, junto a la estación de autobuses, Amadou pasó sus primeras horas en Europa sin ruido, sin olor a vómitos, sin apretar los dientes, sin el miedo de ver la muerte tan de cerca, sin lágrimas, olvidado ya que se puede llegar a olvidar por qué se está en medio del mar. No pudo pegar ojo, pero sí descansó unas horas. Lloró acordándose de las veces en las que durante todo el día había querido rendirse, y recordó a sus hermanos, a su madre, a sus hijos, y a Sabine, su mujer. Su foto arrugada, dentro de una pequeña bolsa de plástico, seguía intacta, atada a su muñeca derecha. Mientras, repetía las palabras que ella le dijo cuando se despidió: ‘sonríe y sé amable, que la amabilidad siempre es correspondida por alguien’ y le daba las gracias al Gran Espíritu. No sentía hambre, ni sed, casi ni cansancio. Extasiado, sólo pudo acurrucarse en una esquina del cajero, ya pasada la medianoche de Jueves Santo.

Había ruido en la calle, un ruido constante, que le fue despertando poco a poco. Era aún de madrugada, pero la gente pasaba por la plaza constantemente. Se levantó, recogió todo lo que llevaba, comprobó que guardaba la nota con el teléfono de su primo, y salió a ver qué se encontraba. Enseguida vio a policías, que vigilaban la puerta de la Iglesia junto al cajero, y descubrió a decenas de personas extrañamente vestidas con túnicas de color morado haciendo corrillos. No parecía despertar ninguna sospecha. Nadie podía imaginar lo que había sufrido hacía apenas unas horas. Aún tenía los dedos de los pies casi helados, y escalofríos. Mantenía temblores permanentes por todo el cuerpo. Pero la curiosidad por aquella situación era máxima. Parecía que toda la ciudad estaba en la calle, a pesar de ser de madrugada.

Amadou enseguida pensó que aquello debería ser una celebración católica, porque todos estaban reunidos en la Iglesia. En sus años de estudio con su abuelo, en Kidal, recordaba haber aprendido cómo los católicos celebraban la muerte y Resurrección de Jesús el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Amadou no había caído en que llegaría a España justo en la celebración de la Resurrección de Jesús, y le pareció una coincidencia muy metafórica…

- Mi nueva vida, mi resurrección particular, va a coincidir con la Resurrección de Jesús de Nazareth, pensó, y se sintió aliviado, a pesar de que su animismo era muy fuerte. En su barrio no eran musulmanes, aunque tampoco iban por la misión cristiana que había cerca. Únicamente de pequeño acudió unos meses porque daban de comer gratis. Su abuelo le enseñó a respetar todas las religiones, porque “Dios sólo hay Uno, Gran padre de todos, y  siempre quiere el bien para los hombres”, le decía. Amadou lo vio como un mensaje, un buen presagio. Se apoyó en la esquina de la plaza, mientras cientos de penitentes iban llegando y entrando en la Iglesia. Leyó la palabra Jesús, y observó cómo alrededor de la puerta de la Iglesia se agolpaba cada vez más gente. Había hileras larguísimas de sillas de madera, y no paraban de llegar personas, niños y niñas, mujeres y hombres, mayores, jóvenes… vestidos con esas extrañas túnicas, y zapatos de paja y lona, algo que llamó mucho la atención de Amadou.

Se fijó en que los vestidos de morado llevaban algo engrosando sus cinturas. El día empezaba a clarear, pasaba el tiempo, y Amadou cada vez tenía más curiosidad. Parecía que no estaba allí. Nadie reparaba en él, y eso le hacía sentir bien. Algo en el ambiente le tranquilizaba. Al poco, toda la plaza se ordenó frente a la Iglesia. Cientos de chiquillos vestidos de morado empezaron una especie de desfile, y Amadou vio que lo que llenaba las cinturas de aquellos vestidos morados eran caramelos, muchísimos caramelos, que se repartían entre la gente que había ido a ver aquel desfile.

En la esquina del cajero, Amadou quedaba muy cerca de los nazarenos, y algún chiquillo sonriendo le lanzó caramelos, que recogió con algo de vergüenza, y guardó en sus bolsillos. Algo le mantenía en pie, una sensación de que todo aquello tendría algún sentido especial para él. De repente, el ruido de los tambores le sobrecogió, pero aunque una parte de él quiso irse de allí, se quedó, en su esquina, observando. Había oído muchos tambores en su vida africana. En cierto modo, había algo de casa en su tronar incesante. Retumbaba la calle, cuando el sol ya estaba asomando por la plaza, repleta, abarrotada de gente. El desfile hacía un hueco en la puerta de la Iglesia. Cuando Amadou vio salir la Santa Cena sostenida por los nazarenos, con aquellas zapatillas de pobres lona y paja, quedó obnubilado.

No podía quitar la vista de los apóstoles. Enseguida reconoció la escena. Sabía esa historia. Y sintió hambre por primera vez en muchas horas, al ver las uvas brillar en lo alto del paso. Todos los presentes guardaban silencio. Sólo se escuchaban el arrastrar de las zapatillas aquellas, sin duda litúrgicas, religiosas… soportando el peso de la inmensa carroza. El esfuerzo de aquellos hombres sobrecogió a Amadou. De repente, tras un golpe de vara en la carroza, que sonó como chasquido, propinado por quien dirigía todo, el paso vino a pararse frente al recién llegado. Amadou, con la boca abierta, observaba el detalle de aquellas esculturas, y no se dio cuenta de que uno de aquellos hombres estaba llamando su atención. Una señora que estaba junto a él le cogió de la sudadera, y Amadou se asustó, pero enseguida vio como aquel hombre de morado, con trenzas blancas, que le recordaba un poco al Obelix de los tebeos franceses, reía con cara amable y le ofrecía algo. Amadou respondió con la mejor de sus sonrisas, y extendió la mano para recoger una bolsita que llevaba un huevo, un panecillo y dos habas, haciendo un gesto de agradecimiento que aquel hombre recibió con alegría máxima. Sabine llevaba razón: ‘La amabilidad responde con más amabilidad’.

Fueron pasando pasos, y nazarenos, y bandas de música… Llegaron las bocinas y los tambores, y Amadou hasta esbozó una sonrisa, ya que aquel sonido tan particular de tambor y caña le recordó a Seidou, su primo pequeño, que tocaba una melodía muy parecida con su djembé. Después de muchos nazarenos, el sol ya caía con fuerza cuando un nuevo silencio se hizo en toda la plaza. El hueco en el desfile era evidente. Algo estaba a punto de pasar. Sonó una melodía familiar, que Amadou enseguida reconoció como el himno de España, por los mundiales de fútbol, y empezó a salir, más lento, más ceremonioso que ningún otro paso, Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Amadou miraba fijamente. Ya no sentía frío en los pies, ni tenía hambre. Había comido monas, huevos y algún caramelo. Había bebido agua: la señora de al lado le había regalado una botella. La gente sentada se levantó, y el silencio era como el de la noche cerrada en el desierto de Kidal. Amadou miró fijamente a los ojos de aquella imagen, y sintió la cálida mirada del Nazareno. Todo lo que había vivido Amadou aquellos días, desde la travesía del desierto, los dolores, el hambre, la sed, el sufrimiento…  el recuerdo de los suyos, las ganas de rendirse, aquella sensación de soledad en el mundo, por unos segundos, desapareció en aquel silencio, con el color morado inundándolo todo. Y Amadou sintió que aquella mirada compartía su dolor, mientras una lágrima recorría su cara, antes de que toda la plaza aplaudiera con fuerza. Amadou cerró los ojos, y suspiró, sintiendo la salvación… Al ver a los militares que seguían a Jesús, un sexto sentido le hizo salir de allí desconcertado, pero a la vez, reconfortado, andando sin rumbo, con una sonrisa extrañamente relajante. Se reorientó y consiguió volver a la Estación. Como si fuera un milagro, se encontró de frente con su primo Yusuf, y le dio el abrazo más fuerte que jamás había dado a nadie. Amadou volvió a llorar. Entre lágrimas, Amadou sólo pudo decir: - Hoy he vuelto a nacer; desde hoy, llámame Jesús.

 

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