Miradas
Tenía los ojos verdes, almendrados, y grandes, bajo unas pestañas infinitas. Un lunar en el moflete, arriba, casi debajo del ojo derecho, y el pelo largo, lacio, un poco ondulado al llegar a las puntas, y castaño claro. La comisura de sus labios era perfecta. Tenía una boca única, que le proporcionaba un gesto natural absoluto. Sus labios, con una voluptuosidad platónica tintada de un rosa vivo mágico, trazaban un límite finísimo con su piel que atraía mi mirada sin posibilidad alguna de resistencia. No llevaba maquillaje. Vestía vaqueros, zapatillas deportivas, camiseta de chico vieja, ancha, y una chaquetilla remangada que dejaba ver varias pulseras de cuero en su brazo derecho. Era una chica normal, tan natural que brillaba especial, a pesar de un gesto rudo que chocaba con todo lo que llamaba la atención de ella, excepto con algo que no se terminaba de ver en su interior, una dureza sensual, que la hacía aún más interesante, y que quizás completaba aquel encantamiento con el que secuestró mi mirada aquel día, sentada en la penúltima fila del Bilman Bus, un atardecer de primavera en Pamplona, a punto de empezar viaje de diez horas para cruzar España, la primera vez que la vi.
Julia Roberts. Era una Julia Roberts mejorada, con 20 años, y ese gesto duro, para nada estridente con su aspecto de grunge sencilla, que la alejaba de comentar con alguien que se parecía a ella. Nada más verla perdí el control de mis ojos. Recuerdo que la miraba sin pudor, porque no podía no mirarla. La miraba directamente, obnubilado. La miré más de un minuto seguido, y ella me mantuvo la mirada. Ella sabía que no la conocía, pero no dudó, me clavó sus ojos, y así estuvimos segundos larguísimos, hasta que pude darme cuenta de dónde estaba y qué estaba pasando, algo que siempre pensé que ella sabía perfectamente. Entonces cambié el gesto, y ella también. Diría que sonrió, pero fue un gesto tan leve, que jamás pude leer. Sólo sé que han pasado 12 años y recuerdo aquella mirada como si fuera ahora mismo, y cómo pasé diez horas conteniendo miradas, y miradas, y más miradas, interpretando gestos, y cómo estaba seguro de que aquella sensación la tenía yo, sólo yo, y nadie más que yo, aunque ella, cada vez que la miraba, clavaba sus ojos pardos en mí, y hacía ese gesto invisible, ilegible, tan natural, tan real, que me tocaba algo dentro que muy pocas veces me habían tocado.
¿Era amor? No lo sé. En aquellos labios había un beso. Un beso irresistible, único, aunque eso no pude pensarlo hasta tiempo después, y carecía de importancia. Lo que había en esas miradas era otra cosa, era un momento, un tiempo, una conexión de mil circuitos, entre los que enamorarse era sólo un chispazo más. Estoy seguro de que si hubiera ido a hablar con ella en Daroca, en la parada de las 2,30 de la mañana, mientras se tomaba aquel Cola Cao con croissant dos mesas más allá, igual hoy no recordaba aquella mirada, ni aquellas diez horas de constante y emocionante incertidumbre. Aún era noche cerrada cuando el Bilman paró en Valencia. Ella recogió sus cosas, apagó su walkman, y pasó por delante de mí en el pasillo del autobús. Fue la última vez que nos miramos aquel día. Diría que nos despedimos para siempre, no el uno del otro, sino de aquel momento, con otro leve gesto, aunque no sabría decir qué significó. Bajó la escalerilla, recogió su maleta y se alejó por el andén con mi mirada clavada en ella. Sabía que no se iba a volver. Si se hubiera vuelto me hubiera defraudado, y sentía que lo sabía. No se volvió. Salió por la puerta de la Estación de Autobuses a la vez que el Bilman arrancaba.
La volví a ver dos o tres veces más, en una calle, cruzando la Ciudadela, y la miré, y me miró, sin más. No hablé mucho de ella con nadie, aunque lo intenté alguna vez, sin poder explicar nada. Luego ha habido muchas miradas, y antes también las hubo… pero ninguna como aquellas. Ayer vi a Julia Roberts en Notting Hill, y me acordé de aquella chica y de aquel viaje hace 12 años… y ahora pienso que algo como aquello sólo puede pasar en determinados momentos de tu vida, como tantas otras cosas. ¿Recuerdas alguna mirada especial? Vale.
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