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Don Capitán

Pablito tiene seis años. Es la primera vez que está en un hospital. Estos días es la primera vez para muchas cosas, y sigue muy asustado. Desde el accidente todo ha cambiado para él. Pablito se pasaba el día corriendo por la calle, jugando al fútbol y al escondite con sus hermanos y vecinos de su calle. Cuando se subió a aquel árbol nunca pensó que todo fuera a cambiar, y que terminaría en un hospital sin poder abrir la boca, con los ojos vacíos, y lágrimas enormes cayendo por sus mejillas cada poco tiempo, sin llanto. Pablito tiene la mirada perdida, ni habla, ni sonríe, ni mira a nadie. Su mamá no encuentra consuelo en nada, ni en nadie. Las palabras de los médicos sobre prótesis, terapias, recuperación o nuevas técnicas se pierden en el infinito de la habitación, que se echa encima de toda la familia, día tras día, desde la amputación. Su padre no aguanta verle destapado, con el pijama recogido sobre el pequeño muñón en su pierna izquierda, y se pasa las horas en el pasillo. Todos llevan días sin dormir. Sus hermanos no han ido al colegio en dos semanas, la abuela, en casa, reza sin parar, con una fortaleza ejemplar, pero se deja vencer por la desesperación en solitario, esperando un milagro que sabe que no va a llegar.

 

Las madres de los amigos de Pablito van al colegio con el alma encogida. Podría haber sido mi hijo, piensan, y se les encoge el corazón hasta que palidecen y una lágrima presiona sus ojos. Los niños preguntan por él: ¿Podremos jugar al fútbol otra vez con Pablito? Y miran con esos ojos ingenuos, pero desde un remoto convencimiento de incertidumbre triste. La noticia ha corrido por todo el pueblo. Pablito ha perdido la pierna. Tuvieron que amputársela. No quedó más remedio. Desde que llegó al hospital, Pablito no habla. No gesticula. Ha perdido la vida, pero sigue allí, en la cama, lanzando un hondo ¿por qué? a su pequeño mundo, un por qué que resuena en los corazones de cientos de familiares, amigos, compañeros, amigos de amigos, conocidos, médicos, enfermeros, vecinos de estos y de aquellos, pasillos de colegios, de hospital, bares, peluquerías… La historia llega a miles de oídos, y encoge miles de corazones.

 

Al tercer día negro Pablito sigue igual. La primera lágrima de la mañana recorre su moflete derecho, lentamente. Su padre, en el pasillo, camina de losa en losa, con la cabeza agachada. Mamá, con fuerzas sobrehumanas, limpia la lágrima, y acaricia la cara de Pablito con dulzura. Sus ojos no pueden llorar más. Mientras, al fondo del pasillo, empieza a escucharse por toda la planta un sonido fuerte, que retumba en el largo corredero. Es una especie de pito chirriante, acompañado de carcajadas enormes. Pablito no lo escucha, ensimismado. Sus padres no lo perciben totalmente. Suena como un eco lejano, aunque cada vez va tomando una forma más definida. Es como un sonido de fuera de aquel mundo de tristeza que había invadido la habitación de Pablito. Un sonido que abría una ventanita a un lugar olvidado de esperanza.

 

Cuando Golosino se asomó a la habitación de Pablito nadie se percató. Su madre refugiaba su dolor en una revista. Pablito, tapado, pero con la silueta de su única pierna muy definida bajo las sábanas, permanecía en la misma postura que los días anteriores, sin vida en sus ojos. Su padre seguía por el pasillo, andando hacia ninguna parte. Golosino metió su nariz de payaso roja por el borde de la puerta, y sacó el pito de barco por debajo de ella, y lo hizo sonar fuertemente: ¡¡Meeeeeec!! La mamá de Pablito se sobresaltó. Aquel sonido lejano le sonó como dentro de ella, y hasta dio un pequeño bote de susto. Bajó la revista de golpe y vio a Golosino de repente, que estaba en la puerta de la habitación con los ojos cerradísimos y tapándose los oídos como si fuera el fin del mundo. La mamá de Pablito esbozó una mínima sonrisa. Por una centésima de segundo había salido de aquella habitación.

 

-         ¿Alguien ha oído ese ruido? ¡¡Llevo todo el día persiguiendo el pito, y nada, que no lo encuentro!!

 

Otra leve sonrisa. El padre de Pablito llegó a la habitación. Nada más ver a Golosino el cuerpo le pidió pedirle con educación que se fuera de allí, que no estaban para bromas… Pero el payaso, sin dejarle tiempo, se le tiró y le abrazó con fuerza, mientras le decía: - Ahhhh! El jefe, aquí está el jefe del barco… ¡¡El Capitán!! ¡¡Llevo todo el día buscándole!! ¿Dónde se había metido?

 

El papá de Pablito también se rió, y aquella sencilla mueca le hizo sentir tan bien como jamás había imaginado. Algo en su interior se frenó de golpe, y sonrió abiertamente. Pablito estaba allí, pero nada había cambiado. Golosino se acercó al niño. Le miró de cerca, desde un lado de la cama, desde el otro. Husmeó por encima de su cuerpo, mientras murmuraba: - Interesante, interesante… uhmmm. Dejó el pito en su cama, y le dijo: - ¿Este es el nuevo Capitán? Interesante. Si les da problemas el nuevo Capitán toquen el pito, que vendré enseguida. Los padres de Pablito sonreían forzadamente, pero sonreían, y respondían al payaso, que llevaba un parche en el ojo. Golosino se fue, y Pablito seguía igual. El payaso tampoco había conseguido nada con él, aunque abrió una ventanita en aquel mundo. Una ventanita que se iba a convertir en lo más importante para la vida de Pablito, y de su familia.

 

Al día siguiente Golosino fue a la habitación de Pablito directamente, a primera hora. Pablito estaba solo, con una enfermera, que le curaba. Su madre bajó a desayunar y Golosino habló con el padre para que le dejara entrar a él solo. Aceptó, sin pensarlo mucho. Antes de entrar, Golosino se ató la pierna izquierda al muslo, fuerte, con una venda. Se había puesto pantalones anchos, y se recogió la pierna en forma de muñón. Se disfrazó con un gorro de capitán, una barba postiza y una chaquetilla de marinero, y se puso en la puerta. Pablito no se inmutó… Pero cuando el capitán, con gesto de marinero, un ojo cerrado, una pipa enorme en la boca, y siempre la nariz de payaso, dio un paso enorme a la pata coja para entrar a la habitación, los ojos del niño se torcieron milagrosamente hacia aquel personaje. -Hola. Soy El Capitán del Barco, buenos días. ¿Sabe usted si alguien ha preguntado por mi? Dijo Golosino, con voz grave y ronca. El niño le miraba directamente. Sus ojos recorrían la figura del capitán, a la vez que la ventana de luz abierta en el mundo de aquellas semanas de Pablito se iba abriendo cada vez más. Pablito se detuvo en su pierna, y cambió su gesto. Despacio, sacó una mano de debajo de las sábanas y señaló la pierna que no tenía Golosino, mientras le volvía a mirar con gesto de curiosidad.

 

-         ¿Mi pierna? A los marineros les digo que me la comieron los tiburones que maté una vez que me caí al mar, y luego les doy un mordisco en la oreja. ¿Tu eres marinero?

 

Pablito le miró fijamente dos segundos largos, y sacudió la cabeza diciendo que no.

 

-         Así que no eres marinero… Ya decía yo. Eres capitán también, por lo que veo…

 

Pablito asintió con la cabeza rápido, y sonrió levemente.

 

-         Ya decía yo… Pues te diré un secreto. ¿Sabes guardar un secreto?

 

Pablito asintió otra vez rápido.

 

-         Mi pierna no me la comieron los tiburones… Me la cortaron en un hospital, muy lejos de este barco, para poder ser capitán.

 

Pablito abrió la boca, y se puso la mano, asombrado.

 

-         ¿Qué le pasó a la tuya?

-         Me caí

-         Pues ya eres Capitán. Te llamaré Don Capitán. Bueno, Don Capitán, me voy a seguir la ronda que luego tengo un partido de fútbol.

 

Pablito suspiró sorprendidísimo en voz alta, otra vez, abriendo mucho los ojos, y enseguida preguntó:

 

-         ¿Cómo juegas al fútbol sin pierna?

-         Me pongo una que aunque me den patadas no me duele.. ¿Es que no tienes una?

-         No.

-         ¡Marineraaaaaa!

 

La enfermera apareció enseguida.

 

-         Diga señor

-         Quiero una pierna dura, bien fuerte y futbolística para Don Capitán, pero ya mismo que se pongan a construirla con oro y diamantes… ¿De qué equipo la quiere usted, Don Capitán?

-         ¡Del Murcia! , dijo Pablito con entusiasmo.

-         Del Real Murcia. Es todo.

-         Sí señor, eso está hecho. Respondió la enfermera.

 

Golosino empezó a andar a la pata coja por la habitación, haciendo ejercicios de estiramiento, para preparar el partido que tenía. Pablito se incorporó en la cama. Sus ojos brillaban como en las mejores mañanas de Reyes, y se reía a carcajadas con los movimientos de Golosino a la pata coja.  Después de cada estiramiento estrambótico, Golosino chocaba la mano de Pablito, y este reía, y reía… Tanto que su padre le escuchó, y se le paró el corazón de la alegría. Abrió los ojos y corrió hacia la habitación aún incrédulo. Cuando entró, Golosino empujaba la pared a la pata coja, estirando, con la cara y el cuello rojos del esfuerzo, con la pipa y la nariz roja de payaso, mientras Pablito se reía con todas sus fuerzas.

 

-         ¡¡Papá, Papá, van a ponerme una pierna del Real Murcia y podrán darme patadas sin dolor, y podré andar, y jugar, y soy un Capitán!!

 

El padre de Pablito no pudo contener dos lágrimas enormes. Abrazó a su hijo como si hubiera vuelto a nacer. Lo apretó contra él con todas sus fuerzas y no le importó subirle sobre sus hombros y que se viera el vacío de la pierna. Al abrir los ojos vio como Golosino tenía los ojos enrojecidos, pero seguía metido en su papel. El papá de Pablito le dio la mano.

 

-         Me voy, que empieza mi partido. Mañana vendré y veremos cómo va la construcción de tu pierna del Real Murcia. Saludeeeen… ¡ARRR! ,dijo el payaso.

-         ¡ARRR! Respondió Pablito, haciendo ambos el saludo militar.

 

Nada más salir de la habitación Golosino rompió a llorar de emoción. Se cruzó a su madre, pero no pudo decirle nada. Cuando ella entró en la habitación y vio a Pablito repitiendo los ejercicios de estiramiento que había hecho Golosino hacía unos minutos, y a su padre junto a él, sonriendo, su mundo cambió, y sintió que Dios había escuchado a su madre rezar, porque aquello sólo podía ser un milagro.

 

Pablito aceptó la prótesis, entendió con el tiempo que la vida hay que afrontarla como viene, y hoy lleva una vida normal. No jugó al fútbol, pero sí ha ido a todos los partidos que el Real Murcia ha jugado en casa desde aquellos días, y en su prótesis siempre ha habido una pegatina con el escudo del Real Murcia. Aquella historia abrió los mismos corazones que cerró unos días antes, y se convirtió en ejemplo de superación para todos los que conocían a Pablito. Pero sobre todo sirvió para que muchos comprendieran la importancia de la imaginación, no sólo en los niños, en todos los seres humanos, aunque muchas veces, la mayoría, sólo a través de los niños pueda entenderse la importancia que tiene creer en los milagros. Vale.

 

PD. Dedicado a Pupaclown, y a los payasos que todos los días recorren con ilusión los hospitales de todo el mundo

Miradas

Tenía los ojos verdes, almendrados, y grandes, bajo unas pestañas infinitas. Un lunar en el moflete, arriba, casi debajo del ojo derecho, y el pelo largo, lacio, un poco ondulado al llegar a las puntas, y castaño claro. La comisura de sus labios era perfecta. Tenía una boca única, que le proporcionaba un gesto natural absoluto. Sus labios, con una voluptuosidad platónica tintada de un rosa vivo mágico, trazaban un límite finísimo con su piel que atraía mi mirada sin posibilidad alguna de resistencia. No llevaba maquillaje. Vestía vaqueros, zapatillas deportivas, camiseta de chico vieja, ancha, y una chaquetilla remangada que dejaba ver varias pulseras de cuero en su brazo derecho. Era una chica normal, tan natural que brillaba especial, a pesar de un gesto rudo que chocaba con todo lo que llamaba la atención de ella, excepto con algo que no se terminaba de ver en su interior, una dureza sensual, que la hacía aún más interesante, y que quizás completaba aquel encantamiento con el que secuestró mi mirada aquel día, sentada en la penúltima fila del Bilman Bus, un atardecer de primavera en Pamplona, a punto de empezar viaje de diez horas para cruzar España, la primera vez que la vi.

 

Julia Roberts. Era una Julia Roberts mejorada, con 20 años, y ese gesto duro, para nada estridente con su aspecto de grunge sencilla, que la alejaba de comentar con alguien que se parecía a ella. Nada más verla perdí el control de mis ojos. Recuerdo que la miraba sin pudor, porque no podía no mirarla.  La miraba directamente, obnubilado. La miré más de un minuto seguido, y ella me mantuvo la mirada. Ella sabía que no la conocía, pero no dudó, me clavó sus ojos, y así estuvimos segundos larguísimos, hasta que pude darme cuenta de dónde estaba y qué estaba pasando, algo que siempre pensé que ella sabía perfectamente. Entonces cambié el gesto, y ella también. Diría que sonrió, pero fue un gesto tan leve, que jamás pude leer. Sólo sé que han pasado 12 años y recuerdo aquella mirada como si fuera ahora mismo, y cómo pasé diez horas conteniendo miradas, y miradas, y más miradas, interpretando gestos, y cómo estaba seguro de que aquella sensación la tenía yo, sólo yo, y nadie más que yo, aunque ella, cada vez que la miraba, clavaba sus ojos pardos en mí, y hacía ese gesto invisible, ilegible, tan natural, tan real, que me tocaba algo dentro que muy pocas veces me habían tocado.

 

¿Era amor? No lo sé. En aquellos labios había un beso. Un beso irresistible, único, aunque eso no pude pensarlo hasta tiempo después, y carecía de importancia. Lo que había en esas miradas era otra cosa, era un momento, un tiempo, una conexión de mil circuitos, entre los que enamorarse era sólo un chispazo más. Estoy seguro de que si hubiera ido a hablar con ella en Daroca, en la parada de las 2,30 de la mañana, mientras se tomaba aquel Cola Cao con croissant dos mesas más allá, igual hoy no recordaba aquella mirada, ni aquellas diez horas de constante y emocionante incertidumbre. Aún era noche cerrada cuando el Bilman paró en Valencia. Ella recogió sus cosas, apagó su walkman, y pasó por delante de mí en el pasillo del autobús. Fue la última vez que nos miramos aquel día. Diría que nos despedimos para siempre, no el uno del otro, sino de aquel momento, con otro leve gesto, aunque no sabría decir qué significó. Bajó la escalerilla, recogió su maleta y se alejó por el andén con mi mirada clavada en ella. Sabía que no se iba a volver. Si se hubiera vuelto me hubiera defraudado, y sentía que lo sabía. No se volvió. Salió por la puerta de la Estación de Autobuses a la vez que el Bilman arrancaba.

 

La volví a ver dos o tres veces más, en una calle, cruzando la Ciudadela, y la miré, y me miró, sin más. No hablé mucho de ella con nadie, aunque lo intenté alguna vez, sin poder explicar nada. Luego ha habido muchas miradas, y antes también las hubo… pero ninguna como aquellas. Ayer vi a Julia Roberts en Notting Hill, y me acordé de aquella chica y de aquel viaje hace 12 años… y ahora pienso que algo como aquello sólo puede pasar en determinados momentos de tu vida, como tantas otras cosas. ¿Recuerdas alguna mirada especial? Vale.

Jesús de Kidal

Después de llegar a las costas de Portmán, Amadou y otros cinco inmigrantes clandestinos corrieron casi una hora hasta el punto de encuentro. Anochecía. Los focos de la Guardia Civil iban quedando lejos, mientras eran apresados 17 de sus compañeros de patera. Al llegar a la furgoneta, sin sentir los pies, Amadou empezó a llorar de alegría y de pena a la vez, como jamás había llorado. Se felicitó por hacer caso a su primo, y cruzar en abril, con los primeros días de buena mar, cuando llega la primavera. En su mano derecha, la foto de su esposa, en su mano izquierda, un papel, con la palabra Murcia, una bolsa con los zapatos y en el bote, diez euros para el billete. La furgoneta les dejó en la Estación de Autobuses de Cartagena. Otros compañeros tenían a alguien esperando y le ofrecieron comida y un lecho, pero él prefirió viajar esa misma noche, y terminar del todo lo empezado. Dormiría en Murcia, su destino. A primera hora de la mañana del día siguiente, llamaría a su primo, que lo recogería… con un trabajo, un techo, comida y un futuro para él, y para su familia.

Viajó cómodo, aunque no sentía, de puro frío, los pies, ni las manos, y seguía temblando. El autobús iba casi vacío. Hizo todo lo que le dijo su primo: lo mejor, llevar los zapatos en una bolsa, así había conseguido no perderlos. Enseguida llegó a Murcia. Hacía calor, vio a muchos compatriotas, pero receló. No quería caer en manos de las mafias, y se alejó hasta que vio un cajero, muy cerca de la Plaza de San Agustín.

Acurrucado en un cajero, junto a la estación de autobuses, Amadou pasó sus primeras horas en Europa sin ruido, sin olor a vómitos, sin apretar los dientes, sin el miedo de ver la muerte tan de cerca, sin lágrimas, olvidado ya que se puede llegar a olvidar por qué se está en medio del mar. No pudo pegar ojo, pero sí descansó unas horas. Lloró acordándose de las veces en las que durante todo el día había querido rendirse, y recordó a sus hermanos, a su madre, a sus hijos, y a Sabine, su mujer. Su foto arrugada, dentro de una pequeña bolsa de plástico, seguía intacta, atada a su muñeca derecha. Mientras, repetía las palabras que ella le dijo cuando se despidió: ‘sonríe y sé amable, que la amabilidad siempre es correspondida por alguien’ y le daba las gracias al Gran Espíritu. No sentía hambre, ni sed, casi ni cansancio. Extasiado, sólo pudo acurrucarse en una esquina del cajero, ya pasada la medianoche de Jueves Santo.

Había ruido en la calle, un ruido constante, que le fue despertando poco a poco. Era aún de madrugada, pero la gente pasaba por la plaza constantemente. Se levantó, recogió todo lo que llevaba, comprobó que guardaba la nota con el teléfono de su primo, y salió a ver qué se encontraba. Enseguida vio a policías, que vigilaban la puerta de la Iglesia junto al cajero, y descubrió a decenas de personas extrañamente vestidas con túnicas de color morado haciendo corrillos. No parecía despertar ninguna sospecha. Nadie podía imaginar lo que había sufrido hacía apenas unas horas. Aún tenía los dedos de los pies casi helados, y escalofríos. Mantenía temblores permanentes por todo el cuerpo. Pero la curiosidad por aquella situación era máxima. Parecía que toda la ciudad estaba en la calle, a pesar de ser de madrugada.

Amadou enseguida pensó que aquello debería ser una celebración católica, porque todos estaban reunidos en la Iglesia. En sus años de estudio con su abuelo, en Kidal, recordaba haber aprendido cómo los católicos celebraban la muerte y Resurrección de Jesús el domingo inmediatamente posterior a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Amadou no había caído en que llegaría a España justo en la celebración de la Resurrección de Jesús, y le pareció una coincidencia muy metafórica…

- Mi nueva vida, mi resurrección particular, va a coincidir con la Resurrección de Jesús de Nazareth, pensó, y se sintió aliviado, a pesar de que su animismo era muy fuerte. En su barrio no eran musulmanes, aunque tampoco iban por la misión cristiana que había cerca. Únicamente de pequeño acudió unos meses porque daban de comer gratis. Su abuelo le enseñó a respetar todas las religiones, porque “Dios sólo hay Uno, Gran padre de todos, y  siempre quiere el bien para los hombres”, le decía. Amadou lo vio como un mensaje, un buen presagio. Se apoyó en la esquina de la plaza, mientras cientos de penitentes iban llegando y entrando en la Iglesia. Leyó la palabra Jesús, y observó cómo alrededor de la puerta de la Iglesia se agolpaba cada vez más gente. Había hileras larguísimas de sillas de madera, y no paraban de llegar personas, niños y niñas, mujeres y hombres, mayores, jóvenes… vestidos con esas extrañas túnicas, y zapatos de paja y lona, algo que llamó mucho la atención de Amadou.

Se fijó en que los vestidos de morado llevaban algo engrosando sus cinturas. El día empezaba a clarear, pasaba el tiempo, y Amadou cada vez tenía más curiosidad. Parecía que no estaba allí. Nadie reparaba en él, y eso le hacía sentir bien. Algo en el ambiente le tranquilizaba. Al poco, toda la plaza se ordenó frente a la Iglesia. Cientos de chiquillos vestidos de morado empezaron una especie de desfile, y Amadou vio que lo que llenaba las cinturas de aquellos vestidos morados eran caramelos, muchísimos caramelos, que se repartían entre la gente que había ido a ver aquel desfile.

En la esquina del cajero, Amadou quedaba muy cerca de los nazarenos, y algún chiquillo sonriendo le lanzó caramelos, que recogió con algo de vergüenza, y guardó en sus bolsillos. Algo le mantenía en pie, una sensación de que todo aquello tendría algún sentido especial para él. De repente, el ruido de los tambores le sobrecogió, pero aunque una parte de él quiso irse de allí, se quedó, en su esquina, observando. Había oído muchos tambores en su vida africana. En cierto modo, había algo de casa en su tronar incesante. Retumbaba la calle, cuando el sol ya estaba asomando por la plaza, repleta, abarrotada de gente. El desfile hacía un hueco en la puerta de la Iglesia. Cuando Amadou vio salir la Santa Cena sostenida por los nazarenos, con aquellas zapatillas de pobres lona y paja, quedó obnubilado.

No podía quitar la vista de los apóstoles. Enseguida reconoció la escena. Sabía esa historia. Y sintió hambre por primera vez en muchas horas, al ver las uvas brillar en lo alto del paso. Todos los presentes guardaban silencio. Sólo se escuchaban el arrastrar de las zapatillas aquellas, sin duda litúrgicas, religiosas… soportando el peso de la inmensa carroza. El esfuerzo de aquellos hombres sobrecogió a Amadou. De repente, tras un golpe de vara en la carroza, que sonó como chasquido, propinado por quien dirigía todo, el paso vino a pararse frente al recién llegado. Amadou, con la boca abierta, observaba el detalle de aquellas esculturas, y no se dio cuenta de que uno de aquellos hombres estaba llamando su atención. Una señora que estaba junto a él le cogió de la sudadera, y Amadou se asustó, pero enseguida vio como aquel hombre de morado, con trenzas blancas, que le recordaba un poco al Obelix de los tebeos franceses, reía con cara amable y le ofrecía algo. Amadou respondió con la mejor de sus sonrisas, y extendió la mano para recoger una bolsita que llevaba un huevo, un panecillo y dos habas, haciendo un gesto de agradecimiento que aquel hombre recibió con alegría máxima. Sabine llevaba razón: ‘La amabilidad responde con más amabilidad’.

Fueron pasando pasos, y nazarenos, y bandas de música… Llegaron las bocinas y los tambores, y Amadou hasta esbozó una sonrisa, ya que aquel sonido tan particular de tambor y caña le recordó a Seidou, su primo pequeño, que tocaba una melodía muy parecida con su djembé. Después de muchos nazarenos, el sol ya caía con fuerza cuando un nuevo silencio se hizo en toda la plaza. El hueco en el desfile era evidente. Algo estaba a punto de pasar. Sonó una melodía familiar, que Amadou enseguida reconoció como el himno de España, por los mundiales de fútbol, y empezó a salir, más lento, más ceremonioso que ningún otro paso, Nuestro Padre Jesús Nazareno.

Amadou miraba fijamente. Ya no sentía frío en los pies, ni tenía hambre. Había comido monas, huevos y algún caramelo. Había bebido agua: la señora de al lado le había regalado una botella. La gente sentada se levantó, y el silencio era como el de la noche cerrada en el desierto de Kidal. Amadou miró fijamente a los ojos de aquella imagen, y sintió la cálida mirada del Nazareno. Todo lo que había vivido Amadou aquellos días, desde la travesía del desierto, los dolores, el hambre, la sed, el sufrimiento…  el recuerdo de los suyos, las ganas de rendirse, aquella sensación de soledad en el mundo, por unos segundos, desapareció en aquel silencio, con el color morado inundándolo todo. Y Amadou sintió que aquella mirada compartía su dolor, mientras una lágrima recorría su cara, antes de que toda la plaza aplaudiera con fuerza. Amadou cerró los ojos, y suspiró, sintiendo la salvación… Al ver a los militares que seguían a Jesús, un sexto sentido le hizo salir de allí desconcertado, pero a la vez, reconfortado, andando sin rumbo, con una sonrisa extrañamente relajante. Se reorientó y consiguió volver a la Estación. Como si fuera un milagro, se encontró de frente con su primo Yusuf, y le dio el abrazo más fuerte que jamás había dado a nadie. Amadou volvió a llorar. Entre lágrimas, Amadou sólo pudo decir: - Hoy he vuelto a nacer; desde hoy, llámame Jesús.

 

Encuentro

Un chico de unos 30 años, alto, con flequillo y gafas, polo blanco y pantalón beige, carpeta azul en mano, hace su entrada en el sol de la plaza del Teatro Romea a toda velocidad. Va a paso rápido, sintiendo el abrasante y seco calor del centro de Murcia en plena explanada urbana. Cruza sin mirar, con la dirección aprendida. Apenas levanta su mirada al frente, pensando en sus cosas y en la comida que le espera en casa, supongo. Medio sonríe, mirando siempre al suelo. No sabe que me estoy fijando en él, sentado en el café Teatro, apurando un vermú con dos aceitunas mientras espero a Pilar e imagino en qué irán pensando todos los que pasan por allí...

 

El chico se acerca rápido. Delante de él, una chica parece estar observándole, al mismo tiempo que yo, lo que, curiosamente, llama mi atención. Está casi parada mirando fíjamente el rumbo del chico, que no se ha percatado y sigue a su bola, mirando al suelo. Ella le mira directamente, con los ojos muy abiertos y una sonrisa lentísima que se va abriendo en su cara. Ella es de su edad, más o menos. Más bajita, lleva una falda vaquera, una camiseta de tirantes negra y una coleta recogida con una goma amarilla fluorescente. Morena, de piel blanca, y ojos claros, con pendiente en la nariz. Lleva una bolsa bandolera gris, pintarrajeada con bolígrafo y typex, y unas chanclas negras.

 

El encuentro es inminente. Ella se planta delante, y él sigue sin ver nada. En un instante casi choca con ella al verle los pies, justo al borde del primer escalón del Teatro, a dos metros de mi mesa.

 

-¡¡¿Carlos?!!

 

Él, atónito, la mira extrañado. Se para con una pizca de susto, que enseguida sustituye por la más inequívoca expresión de desconcierto… Ella ha llenado su cara con la sonrisa que le brotaba. Sus ojos brillan. Le coge por los hombros con ambos brazos, por sorpresa, pero enseguida le suelta. Y él muestra aún más desconcierto. Frunce el ceño… pero sonríe levemente.

 

-          Sí… ¿Si?

-          ¿No te acordás de mi?

-          Eeeeh…mmmmh

-          ¿Eres Carlos Ruiz? ¿De La Alberca?

 

Carlos sigue desconcertado. Mira con interés a la chica que le acaba de abordar en plena calle, a pleno sol, en plena plaza, en plena hora de comer, con los últimos pensamientos que iba mascando aún en la punta de su lengua… y con todo lo que lleva en la cabeza parece que apenas puede ponerse en esa situación tan inesperada. Ella le sigue mirando con un brillo descomunal en sus ojos, esperando un gesto afirmativo, un signo de reconocimiento... el acento, ¿argentino?, ¿uruguayo?… aún le pierde más.

 

-          Si, soy yo… pero…

-          No te acordarás de mi – le interrumpe ella,… - ¡pero yo se perfectamente quién sos vos!.

 

Ella se da un cachete, fuerte, en la frente, con la mano izquierda y resopla… (¡No me lo puedo creer!) parece pensar…

 

-          Esto es increíble… de verdad…, -Suspira ella.

-          ¿Quién eres? No se, no caigo… perdona… Carlos mira hacia derecha e izquierda, nervioso.

-          Soy Ruth. No creo que me conozcas... ¿Cómo me ibas a conocer?

-           

Ruth hace una pausa. Le mira y vuelve a sonreír mirándole descaradamente a los ojos. Él sólo puede sonreir encojido de hombros, pero sigue desconcertado.

 

-           Ibas a la misma guardería que yo. Hace muchos años.

-          Pues…

-          Si… ¿Ibas a Lais? ¿A qué si?

-          Si, fui a Lais… pero…

-          Esto es increíble… de verdad…

 

Están en el centro de la Plaza del Teatro, como si fuera un plano medio de la escena inicial de una película. El encuentro, conmigo como espectador único y circunstancial, se da entre decenas de transeúntes que pasan a un lado y a otro, sin inmutarse de la excitación de la chica con acento. Ruth y Carlos eran protagonistas de una de esas historias increíbles que pasan sin más, a diario, en miles de plazas, calles, esquinas... El sol achicharra. El camarero se cruza entre yo, Carlos y Ruth. Se siguen mirando durante largos segundos. Quietos el uno frente al otro. Él, ensimismado en el desconcierto y perdido en la mirada de ella. Ella con fuego en los ojos y una alegría contenida que le sale de dentro…

 

-           Verás…Recién volví a Murcia hace unos días. Me fui de chiquita a vivir a Montevideo, y ahora recién regresé. Y verás… Eres de lo poco que recuerdo de cuando viví acá… y de repente, te encuentro, ¡¡en medio de una plaza!! Es increíble…

 

Carlos no sabe cómo reaccionar. Aún no entiende qué está pasando. Se sube el flequillo. No le sale una palabra. Se encoge de hombros, pero sigue mirándola con curiosidad, y rompe a reir.

 

-          ¿Ibas a mi clase en Lais?

-          No. Verás… (pausa) … ¡Esto es increíble! Sos mayor que yo. Verás… A final de curso, al terminar la guardería, mis papás me grababan en video. Salíamos de clase con un peluche de regalo. En la película, mi hermana mayor, me quitaba el peluche cuando jugaba con él… -Ella le mira, haciendo una pausa. Con cierta vergüenza…- Perdona, dice. Igual tenés prisa, esto te parecerá ¡súper extraño! –exclama con marcado acento uruguayo... - lo siento… Igual te molesto…

-          No, no, no… al contrario… -Carlos pone cara como de tener una buena excusa… sabe que no quiere dejar este momento así, porque se arrepentiría, tiene curiosidad, pero también recela, a la vez…- Es que es un poco extraño, si…

-          Siempre he pensado en ti, por esa película. Te conozco por eso, trato de explicarte, verás… Yo me ponía a llorar en la película de mis padres, porque mi hermana me tira el osito por el muro del paseo. Entonces llegan tus papás, que te estaban recogiendo también, tras la fiesta de la guardería. Me intentan consolar, y tú vas de la mano de tu mamá…

 

Ruth se para. Hace pausas largas, mirándole a los ojos. Carlos escucha con atención ahora. Han dado unos pasos hacia los escalones. Están más cerca de mi mesa. Ella me ha mirado y ha visto que estoy muy cerca, pero sigue adelante.

 

-          Le tirás del brazo, y le decís algo al oído. Ella se sonríe, y te da una palmadita en el culete! …

 

Vuelve a pararse. –Ahhhh, suspira… - ¡Qué lindo!, exclama otra vez. Carlos sonríe, y se empieza a poner rojo. Se mete la mano al bolsillo y mira para atrás. Ruth se emociona, y se pone las manos en la cara. Se tapa la boca, y vuelve a suspirar. Sus ojos se llenan de con dos lagrimones que no caen, pero abrillantan aún más su aureola…

 

-          Esto es… ¡Es increíble! ¡Qué carajo! – Sigue por donde lo dejó. Él la mira fijamente… - Entonces… te acercás a mi. Te ponés delante, y mirás a tu mamá. Ella asiente sonriendo, y entonces… me das tu osito, y yo dejo de llorar. Volvés a mirar a tu mamá … y… - Ruth sonríe grande. Dos lágrimas caen por sus mejillas, y se vuelve a tapar la boca con las manos… - En el osito, en un papel pegatina, ponía: Carlos Ruiz, 4 años... Ruth logra decirlo, entre un llanto emocionado... ¡Lo siento!… ¡Lo siento de veras! Esto es… Es increíble… ¿Qué no? ¿Que no?

 

Carlos no dice nada. La mira. No sabe si abrazarla… o salir corriendo. Me mira… le miro. Levanto las cejas… él hace lo mismo, como si supiera que he sido cómplice de ese momento.

 

-          Lo se por el video… te reconocí… ¡Es increíble!... – Ruth va dejando de llorar

-          Venga, no llores, mujer… - le dice al fin Carlos

 

En el Arco de Santo Domingo un gesto llama mi atención. Es Pilar, que me llama.

Ven! Dice con el brazo agitado… Le señalo el vermú. Se acerca. Me levanto. He dejado la conversación, pero siguen hablando… Me alejo hacia Pilar, y vamos para la caja del Café Teatro. Siguen hablando…

 

-          ¿Qué miras?

-          Nada, nada… vámonos.

El Gol Perfecto

A sus ocho años, Nando tocaba el cielo con sus puños en alto. El chinarro se clavaba en sus rodillas, cerraba sus párpados con fuerza, y gritaba en su interior con la alegría máxima de ser el centro del universo. Durante segundos todo parecía en suspenso, sus compañeros corrían hacia él, y sólo los chopos que rodean el patio del Colegio eran testigos de ese momento, que iba a ser crucial para millones de personas en el futuro.

Un minuto antes, un chico pelirrojo con las cordoneras de los zapatos desatadas, los faldones por fuera y las rodillas sucias recibía un balón franco en el mediocampo de la cancha de ‘Los Chopos’, en el Colegio Público Narciso Yepes de Murcia, entre piedras y dos vallas metálicas que hacían de bandas. Nando controló el balón con su zurda y enseguida fijó su mente en la portería de tres palos de madera que defendía Matías El Negro, portero dos cursos mayor, conocido matón de recreo que solía amedrentar a su hermana mayor en clase. Perdían 3-0, como casi siempre que jugaban contra los mayores en las horas de comedor, pero cuando vio la jugada de su vida en su mente, la suerte ya estaba echada.

Nando pisó el cuero, un tango Adidas amarillo plastificado, viejo y rasgado, al que apenas le quedaban dos pentágonos del original balón que fue, y miró el tronco fuerte del árbol de los corazones. El chopo más cercano a la portería de El Negro. En ese árbol generaciones de alumnos habían escrito sus declaraciones de amor, por eso le llamaban el árbol de los corazones. Nando vio en el viejo chopo su mejor opción de pase, ya que ese día no estaba Gilbert, el chaval brasileño de su clase que le disputaba el trono de El Mejor de la Clase, y nadie más le ofrecía garantías. Ya tenía ganada su fama de chupón, así que eso no le preocupaba. Miró una centésima de segundo el tronco del viejo chopo de los corazones, a la altura del corazón más grande grabado con punzón, en el que se leía: Pilar, Te Quiero.

Como si el corazón fuera la cabeza de su asistente, Nando, después de adelantarse el cuero en el medio campo un metro, cerró un pase seco, fuerte, sin que el balón apenas girara sobre sí mismo, dirigido al corazón del chopo. Con el brazo derecho atrás, el pecho y la cabeza bien firmes hacia delante, y el empeine fuerte, el chut de Nando ya avisaba de que algo grande se estaba gestando. Nando ya tenía la jugada en la cabeza, y nada más terminar el gesto de golpeo, como si fuera un magistral swing con su zurda, una vez que intuyó que el balón iba hacia dónde él había dispuesto, el instinto que ese día nació en su interior le dio fuerzas para arrancar a la carrera. Los mayores se quedaron paralizados mirando el destino incierto del estiloso chut del chaval pelirrojo, y apenas se percataron de su desmarque.

Nando se zafó de los dos rivales que tenía delante, en una arrancada en zigzag vista y no vista. Desde que dio el primer paso el silencio interior fue su escudero, mientras la jugada iba forjándose, y los gritos y avisos de El Negro no llegaban a sus oídos. El resto de chavales sólo podía seguir atónito el recorrido que llevaba el tango Adidas. Cuando Nando se acercaba a lo que sería el área rival, el balón llegaba al corazón dibujado en el chopo. El golpe seco del balón hizo que vibrara el árbol. El golpeo, como un preciso cabezazo en la esquina izquierda del área, sonó también seco, y aunque el balón perdió fuerza, en ese momento se comprendió por qué Nando le pegó tan seco y fuerte cuando arrancó la jugada.

Cuando el esférico volaba hacia el borde del área Nando ya había iniciado su frenada. Delante de él ya sólo estaba El Negro, gritando improperios con todas sus fuerzas, pero consciente ya de que iba a tener que emplearse para usar los guantes azules de lana que vestía emulando a un guardameta profesional. Nando dejó atrás a todos los rivales. La sorpresa de la pared con el chopo fue absoluta. Era impensable que el chaval buscara esa jugada inverosímil, conchabándose con un árbol a 15 metros, para hacer la pared, pero así fue. Nando les sacó los dos metros necesarios, incluso evitando un hipotético fuera de juego. Cuando el balón salía del corazón del chopo, la jugada ya era franca, y la oportunidad de remate, flagrante.

El esférico venía medio metro por encima de la cabeza de Nando, que frenaba su carrera mientras no le quitaba ojo al balón, que perdía fuerza demasiado deprisa. Quizá el viento iba a jugarle una mala pasada, y la posibilidad de remate a bocajarro se desvanecía. La asistencia se iba a quedar corta para rematar a la primera. Nando reculó, y ahí le sirvieron esos dos metros, y la fuerza de su carrera inicial, para llegar limpio al balón. Ese ímpetu de Fe fue su mejor aliado, y enseguida, en una centésima reconstruyó en su mente la jugada para darle salida a la asistencia. Además, la nueva jugada que dibujó era para enmarcarla en los altares del fútbol.

Nando se dio un cuarto de vuelta sobre sí mismo, sin terminar de pararse, el sol le peinó la frente, y el balón cortó los rayos de medio día sobre su cabeza. Inclinándose hacia atrás, Nando levantó el cuello y ofreció su clavícula a un metro del balón, que venía ya casí deshinchado cayendo a la línea imaginaria del área de El Negro. Los defensas habían iniciado su carrera para evitar lo que ya era inevitable, el control del balón que Nando había dispuesto en su reorganizada jugada.

Cuando la bola llegó a su pecho, Nando estaba en un ángulo de 45 grados de espaldas a la portería de El Negro, que había fijado ya su mirada en el cuero, esperando por dónde le vendría. Nando, de puntillas, liberó un golpe seco de cintura que subió en una milésima por su pequeño cuerpo hasta la clavícula, justo en el momento en el que el balón caía sobre él, y controló la pelota. Era preciso mantener el balón en el aire un segundo más, y la precisión de su control dio toda la confianza que hacía falta para terminar la jugada al chaval de los faldones por fuera. Nando miró rápidamente el cuero, y calculó la altura máxima a la que llegaría después de su control de clavícula.

Por muy rápido primer paso que tuvieran, los dos mayores que debían cubrirle no iban a llegar. El sexto sentido innato que nacía en ese momento en el delantero centro así se lo hizo saber a Nando en ese momento, y el chaval dio un paso atrás. Apoyó todo su peso sobre su pie derecho, y subió el brazo izquierdo lo que le permitió su coxis hacia arriba, ya 180 grados de espaldas a El Negro. Nando ya sabía que le esperaba la gloria. Se lo decía su instinto, y su silencio interior se hizo aún más vacío. El balón llegaba a su punto más alto, suspendido, a 1,60 metros del suelo, justo dónde él había dispuesto tras su control con el pecho, cuando la chilena ya estaba lanzada con el escorzo máximo que pueda realizar un chaval de ocho años. El pie izquierdo cogió el recorrido máximo, y el brazo impulsó el golpeo, cuando el pie derecho amagó al aire, en la bicicleta que marca una chilena perfecta. El Negro ya se ladeaba a su izquierda, resignado a volar hacia dónde la lógica del salto iba a llevar el tango.

Nando conectó con el empeine de su zurda una chilena pura, ladeada, semi vertical, justo cuando el balón se quedó en suspenso. El chut fue el único sonido que escuchó Nando, que un instante después de chutar ya sintió el gol en su corazón. El golpeo fue tan seco que el balón no se movió un ápice de cómo estaba cuando quedó en suspenso, dibujando una leve y justa parábola en dirección a la escuadra izquierda de la portería de madera de El Negro, la curva justa para pasar por encima de la mano derecha del portero, que voló con todas sus fuerzas hacia la escuadra estirándose más que nunca en su vida, y que sólo pudo sentir la estela de un momento futbolístico inigualable pasarle por encima de sus pequeños dedos.

Cuando Nando cayó al suelo, apoyado sobre su mano, levantó la cabeza y aún pudo ver cómo el tango Adidas superaba la estirada de El Negro, y se incrustaba entre el larguero y el poste izquierdo de la vieja portería de madera, cayendo muerto dentro del marco, tras la línea imaginaria de gol de la meta de los mayores. El silencio en ese momento era absoluto, El Negro caía con los ojos cerrados al suelo, el resto de jugadores se echaba las manos a la cabeza, mientras que El Canica, el portero de Nando, ya gritaba –Tooooma, toooooma, por to la escuadraaaaa! Y con él, todos los demás… Una celebración que Nando no escuchó.

Con los zapatos medio rotos y las calcetas bajadas, Nando había salido corriendo hacia la valla, con el corazón apretando su pecho como jamás en la vida. En aquel momento ya sabía que esa jugada iba a cambiar su vida. Se arrastró con las rodillas por el chinarro del campo de Los Chopos hasta el corner, con los brazos en alto, cerrando los ojos tan fuerte, y con un grito sordo de alegría tan profundo, que al volver en si y abrir los ojos, mirando al suelo, no sangraban sus rodillas, y un fuerte olor a pólvora y césped, acompañado de un estruendo monumental, le despertó del sueño. Wembley estaba patas arriba. España por fin tenía un mundial, con un gol de oro que la gente recuerda como El Gol Perfecto. Una chilena que parecía estudiada, un gol que bordó el fútbol, y que cambió la vida de un país entero. Un gol que Nando ya había marcado muchos años antes, en el patio de un colegio, con un viejo chopo como compañero, y que revivió como un sueño cuando aquel gol se hizo leyenda, no sólo para él y sus compañeros de clase, sino para todo el fútbol.