Don Capitán
Pablito tiene seis años. Es la primera vez que está en un hospital. Estos días es la primera vez para muchas cosas, y sigue muy asustado. Desde el accidente todo ha cambiado para él. Pablito se pasaba el día corriendo por la calle, jugando al fútbol y al escondite con sus hermanos y vecinos de su calle. Cuando se subió a aquel árbol nunca pensó que todo fuera a cambiar, y que terminaría en un hospital sin poder abrir la boca, con los ojos vacíos, y lágrimas enormes cayendo por sus mejillas cada poco tiempo, sin llanto. Pablito tiene la mirada perdida, ni habla, ni sonríe, ni mira a nadie. Su mamá no encuentra consuelo en nada, ni en nadie. Las palabras de los médicos sobre prótesis, terapias, recuperación o nuevas técnicas se pierden en el infinito de la habitación, que se echa encima de toda la familia, día tras día, desde la amputación. Su padre no aguanta verle destapado, con el pijama recogido sobre el pequeño muñón en su pierna izquierda, y se pasa las horas en el pasillo. Todos llevan días sin dormir. Sus hermanos no han ido al colegio en dos semanas, la abuela, en casa, reza sin parar, con una fortaleza ejemplar, pero se deja vencer por la desesperación en solitario, esperando un milagro que sabe que no va a llegar.
Las madres de los amigos de Pablito van al colegio con el alma encogida. Podría haber sido mi hijo, piensan, y se les encoge el corazón hasta que palidecen y una lágrima presiona sus ojos. Los niños preguntan por él: ¿Podremos jugar al fútbol otra vez con Pablito? Y miran con esos ojos ingenuos, pero desde un remoto convencimiento de incertidumbre triste. La noticia ha corrido por todo el pueblo. Pablito ha perdido la pierna. Tuvieron que amputársela. No quedó más remedio. Desde que llegó al hospital, Pablito no habla. No gesticula. Ha perdido la vida, pero sigue allí, en la cama, lanzando un hondo ¿por qué? a su pequeño mundo, un por qué que resuena en los corazones de cientos de familiares, amigos, compañeros, amigos de amigos, conocidos, médicos, enfermeros, vecinos de estos y de aquellos, pasillos de colegios, de hospital, bares, peluquerías… La historia llega a miles de oídos, y encoge miles de corazones.
Al tercer día negro Pablito sigue igual. La primera lágrima de la mañana recorre su moflete derecho, lentamente. Su padre, en el pasillo, camina de losa en losa, con la cabeza agachada. Mamá, con fuerzas sobrehumanas, limpia la lágrima, y acaricia la cara de Pablito con dulzura. Sus ojos no pueden llorar más. Mientras, al fondo del pasillo, empieza a escucharse por toda la planta un sonido fuerte, que retumba en el largo corredero. Es una especie de pito chirriante, acompañado de carcajadas enormes. Pablito no lo escucha, ensimismado. Sus padres no lo perciben totalmente. Suena como un eco lejano, aunque cada vez va tomando una forma más definida. Es como un sonido de fuera de aquel mundo de tristeza que había invadido la habitación de Pablito. Un sonido que abría una ventanita a un lugar olvidado de esperanza.
Cuando Golosino se asomó a la habitación de Pablito nadie se percató. Su madre refugiaba su dolor en una revista. Pablito, tapado, pero con la silueta de su única pierna muy definida bajo las sábanas, permanecía en la misma postura que los días anteriores, sin vida en sus ojos. Su padre seguía por el pasillo, andando hacia ninguna parte. Golosino metió su nariz de payaso roja por el borde de la puerta, y sacó el pito de barco por debajo de ella, y lo hizo sonar fuertemente: ¡¡Meeeeeec!! La mamá de Pablito se sobresaltó. Aquel sonido lejano le sonó como dentro de ella, y hasta dio un pequeño bote de susto. Bajó la revista de golpe y vio a Golosino de repente, que estaba en la puerta de la habitación con los ojos cerradísimos y tapándose los oídos como si fuera el fin del mundo. La mamá de Pablito esbozó una mínima sonrisa. Por una centésima de segundo había salido de aquella habitación.
- ¿Alguien ha oído ese ruido? ¡¡Llevo todo el día persiguiendo el pito, y nada, que no lo encuentro!!
Otra leve sonrisa. El padre de Pablito llegó a la habitación. Nada más ver a Golosino el cuerpo le pidió pedirle con educación que se fuera de allí, que no estaban para bromas… Pero el payaso, sin dejarle tiempo, se le tiró y le abrazó con fuerza, mientras le decía: - Ahhhh! El jefe, aquí está el jefe del barco… ¡¡El Capitán!! ¡¡Llevo todo el día buscándole!! ¿Dónde se había metido?
El papá de Pablito también se rió, y aquella sencilla mueca le hizo sentir tan bien como jamás había imaginado. Algo en su interior se frenó de golpe, y sonrió abiertamente. Pablito estaba allí, pero nada había cambiado. Golosino se acercó al niño. Le miró de cerca, desde un lado de la cama, desde el otro. Husmeó por encima de su cuerpo, mientras murmuraba: - Interesante, interesante… uhmmm. Dejó el pito en su cama, y le dijo: - ¿Este es el nuevo Capitán? Interesante. Si les da problemas el nuevo Capitán toquen el pito, que vendré enseguida. Los padres de Pablito sonreían forzadamente, pero sonreían, y respondían al payaso, que llevaba un parche en el ojo. Golosino se fue, y Pablito seguía igual. El payaso tampoco había conseguido nada con él, aunque abrió una ventanita en aquel mundo. Una ventanita que se iba a convertir en lo más importante para la vida de Pablito, y de su familia.
Al día siguiente Golosino fue a la habitación de Pablito directamente, a primera hora. Pablito estaba solo, con una enfermera, que le curaba. Su madre bajó a desayunar y Golosino habló con el padre para que le dejara entrar a él solo. Aceptó, sin pensarlo mucho. Antes de entrar, Golosino se ató la pierna izquierda al muslo, fuerte, con una venda. Se había puesto pantalones anchos, y se recogió la pierna en forma de muñón. Se disfrazó con un gorro de capitán, una barba postiza y una chaquetilla de marinero, y se puso en la puerta. Pablito no se inmutó… Pero cuando el capitán, con gesto de marinero, un ojo cerrado, una pipa enorme en la boca, y siempre la nariz de payaso, dio un paso enorme a la pata coja para entrar a la habitación, los ojos del niño se torcieron milagrosamente hacia aquel personaje. -Hola. Soy El Capitán del Barco, buenos días. ¿Sabe usted si alguien ha preguntado por mi? Dijo Golosino, con voz grave y ronca. El niño le miraba directamente. Sus ojos recorrían la figura del capitán, a la vez que la ventana de luz abierta en el mundo de aquellas semanas de Pablito se iba abriendo cada vez más. Pablito se detuvo en su pierna, y cambió su gesto. Despacio, sacó una mano de debajo de las sábanas y señaló la pierna que no tenía Golosino, mientras le volvía a mirar con gesto de curiosidad.
- ¿Mi pierna? A los marineros les digo que me la comieron los tiburones que maté una vez que me caí al mar, y luego les doy un mordisco en la oreja. ¿Tu eres marinero?
Pablito le miró fijamente dos segundos largos, y sacudió la cabeza diciendo que no.
- Así que no eres marinero… Ya decía yo. Eres capitán también, por lo que veo…
Pablito asintió con la cabeza rápido, y sonrió levemente.
- Ya decía yo… Pues te diré un secreto. ¿Sabes guardar un secreto?
Pablito asintió otra vez rápido.
- Mi pierna no me la comieron los tiburones… Me la cortaron en un hospital, muy lejos de este barco, para poder ser capitán.
Pablito abrió la boca, y se puso la mano, asombrado.
- ¿Qué le pasó a la tuya?
- Me caí
- Pues ya eres Capitán. Te llamaré Don Capitán. Bueno, Don Capitán, me voy a seguir la ronda que luego tengo un partido de fútbol.
Pablito suspiró sorprendidísimo en voz alta, otra vez, abriendo mucho los ojos, y enseguida preguntó:
- ¿Cómo juegas al fútbol sin pierna?
- Me pongo una que aunque me den patadas no me duele.. ¿Es que no tienes una?
- No.
- ¡Marineraaaaaa!
La enfermera apareció enseguida.
- Diga señor
- Quiero una pierna dura, bien fuerte y futbolística para Don Capitán, pero ya mismo que se pongan a construirla con oro y diamantes… ¿De qué equipo la quiere usted, Don Capitán?
- ¡Del Murcia! , dijo Pablito con entusiasmo.
- Del Real Murcia. Es todo.
- Sí señor, eso está hecho. Respondió la enfermera.
Golosino empezó a andar a la pata coja por la habitación, haciendo ejercicios de estiramiento, para preparar el partido que tenía. Pablito se incorporó en la cama. Sus ojos brillaban como en las mejores mañanas de Reyes, y se reía a carcajadas con los movimientos de Golosino a la pata coja. Después de cada estiramiento estrambótico, Golosino chocaba la mano de Pablito, y este reía, y reía… Tanto que su padre le escuchó, y se le paró el corazón de la alegría. Abrió los ojos y corrió hacia la habitación aún incrédulo. Cuando entró, Golosino empujaba la pared a la pata coja, estirando, con la cara y el cuello rojos del esfuerzo, con la pipa y la nariz roja de payaso, mientras Pablito se reía con todas sus fuerzas.
- ¡¡Papá, Papá, van a ponerme una pierna del Real Murcia y podrán darme patadas sin dolor, y podré andar, y jugar, y soy un Capitán!!
El padre de Pablito no pudo contener dos lágrimas enormes. Abrazó a su hijo como si hubiera vuelto a nacer. Lo apretó contra él con todas sus fuerzas y no le importó subirle sobre sus hombros y que se viera el vacío de la pierna. Al abrir los ojos vio como Golosino tenía los ojos enrojecidos, pero seguía metido en su papel. El papá de Pablito le dio la mano.
- Me voy, que empieza mi partido. Mañana vendré y veremos cómo va la construcción de tu pierna del Real Murcia. Saludeeeen… ¡ARRR! ,dijo el payaso.
- ¡ARRR! Respondió Pablito, haciendo ambos el saludo militar.
Nada más salir de la habitación Golosino rompió a llorar de emoción. Se cruzó a su madre, pero no pudo decirle nada. Cuando ella entró en la habitación y vio a Pablito repitiendo los ejercicios de estiramiento que había hecho Golosino hacía unos minutos, y a su padre junto a él, sonriendo, su mundo cambió, y sintió que Dios había escuchado a su madre rezar, porque aquello sólo podía ser un milagro.
Pablito aceptó la prótesis, entendió con el tiempo que la vida hay que afrontarla como viene, y hoy lleva una vida normal. No jugó al fútbol, pero sí ha ido a todos los partidos que el Real Murcia ha jugado en casa desde aquellos días, y en su prótesis siempre ha habido una pegatina con el escudo del Real Murcia. Aquella historia abrió los mismos corazones que cerró unos días antes, y se convirtió en ejemplo de superación para todos los que conocían a Pablito. Pero sobre todo sirvió para que muchos comprendieran la importancia de la imaginación, no sólo en los niños, en todos los seres humanos, aunque muchas veces, la mayoría, sólo a través de los niños pueda entenderse la importancia que tiene creer en los milagros. Vale.
PD. Dedicado a Pupaclown, y a los payasos que todos los días recorren con ilusión los hospitales de todo el mundo